Dicen que a las Vegas hay que llegar de noche para quedar realmente impactado, y no lo dudaba, ya que tal es el cambio que se produce en la ciudad cuando empiezan a irse los rayos del sol, en una ciudad nocturna que de día guarda en su corazón su más intimo secreto. La ciudad donde casi todo vale de noche. Lujo, erotismo y derroche. Después de aquel último golpe con la Stripper, bajé del avión y llegué a aquel templo de la perversión, las Vegas: casinos, clubs, burdeles...
-La limusina esta lista Don Isaac. Por favor permita que coja su equipaje.
Después de un paseo en la limusina, rodeado de una ciudad mágica, con sus destellos de luces hipnóticas que cubrían con una magia impredecible cada rincón de aquella ciudad, en la que siempre había algo que te llamase la atención, invitándote a soñar en una ciudad prohibida llegamos al Luxor. Algo sencillamente impresionante el simple hecho de alzar la vista y ver en la entrada una gran estatua egipcia al estilo de La Esfinge que hay en el Cairo, y dos obeliscos. El edificio de aquella grandiosa construcción es una gran pirámide con una capacidad de miles de personas, con miles de habitaciones en las que jugar al escondite con las esposas de tanto magnate era todo un deleite para un hombre de moral relajada. Al flanquear la entrada del hotel, sólo veía máquinas de juego y mesas de ruletas, lujo. Unos techos infinitos en los que casi no se ve el final, suelos de mármol, impresionantes estatuas egipcias, dorados por todas partes y grandiosos salones. Tardé aproximadamente un cuarto de hora en encontrar la recepción, gracias a las indicaciones de una preciosa chica que estaba tomando una copa con unas amigas en uno de sus bares. Una vez en ella, para llegar a la habitación, me dieron un plano del hotel para no perderme demasiado... Llegué a mi habitación y dejé mis cosas allí, me di una buena ducha y decidí investigar por el pequeño Hotel donde encontré el LAX.
Welcome to Hell
Un excitante club nocturno pensado para un público joven y sofisticado. LAX era el destino ideal para los fanáticos de los clubes nocturnos, la jet set y las estrellas más rutilantes. Con los mejores sonidos de la noche a cargo de dos extraordinarios disc jockeys, donde el ambiente de aquel club no se encuentra en ninguna otra parte del mundo...- me dijo la relaciones públicas del lugar.-La vida nocturna en todo su esplendor. Me senté en una mesa, para deleitarme con el sutil aroma de las féminas que frecuentaban el lugar. Y allí vi una despampanante stripper haciendo un número capaz de revivir a un muerto. De repente, una guapísima camarera se me acercó con una inmensa sonrisa, preguntándome qué quería tomar.
-¿Tú vienes con la consumición o es cosa aparte? - mientras le guiñaba un ojo.
-No, ja, ja. Yo sólo me dedico a trabajar, señor- respondió con una dulce sonrisa.
En un lugar en el que la perversión no tiene límites y las mujeres son algo fácil de conseguir... aquella camarera me cautivó. Después de tomar un par de copas y ver cómo la noche alcanzaba su máximo apogeo en el Lax, escuché una conversación en una mesa frente a mí. Un grupo de amigos, cuatro chicas y dos chicos, mantenían aquella conversación y no pude evitar pegar el oído:
-Pero, a ver, Tony- decía una de las chicas-, ¿no decías que llevabas en Las Vegas media vida? Uno de los tipos carraspeó tras engullir un trago de su copa:
-Sí, llevo mucho tiempo trabajando por aquí. Os contaré un poco sobre la ciudad si os parece:
Las Vegas, la Meca del juego y el entretenimiento está situada en medio del desierto de Nevada, por eso los hoteles han creado lugares para que los turistas además de apostar y divertirse, puedan refrescarse y mitigar el calor del verano. Cada hotel posee piscinas que simulan "playas caribeñas" para todo tipo de público, que pueden disfrutarse tanto de día como de noche. Puedes ir en modo de entretenimiento a tomar el sol a las "playas familiares" o, si lo prefieres, ir a "playas" exclusivas en las que se puede hacer nudismo y topless. Una de las más destacadas es la "playa" de Wet Republic, exclusivamente diseñada para mayores de veinte años, con piscinas abiertas y otras privadas que incluyen hidromasaje. Además esto se completa con show, presentaciones de espectáculos, cenas. O la "playa" del Hotel The Rio All Suite, que emula las playas de Copacabana. Sus playas de blancas y finas arenas y sus limpias aguas, con sus puestas de sol majestuosas, puestas a cubierto por los cercanos bosques, han sabido recibir a los veraneantes desde hace décadas. Durante el día, las playas permiten un baño de mar y sol, verdaderas razones de ser del verano. Y las noches son también ideales para un paseo a la luz de la luna.
El tal Tony calló y dio un largo sorbo a la copa que le había rellenado la camarera en ese momento. Un alivio, porque el hijo de puta hablaba por los codos. Pero pensé en que me vendría bien su defecto, así que les pregunté si no les importaba que me sentara junto a ellos. No podía dejar de mirar a una de las chicas, que no me quitaba ojo y, honestamente, la conversación me importaba un carajo. Pero primero debía ganarme la confianza de "ellos", para desactivar todos sus mecanismos de defensa ante ellas...
-Claro. Me llamo Tony ¿y tú?- me preguntó Tony mientras me extendía la mano.
-Isaac. Un placer, amigo. Entre copas y lo que no son copas, me gané la confianza de aquel grupo, hasta tal punto que me invitaron al día siguiente a una fiesta privada en el "pequeño yate" de Tony. Demasiadas maniobras pueden suscitar sospechas. La mejor forma de tapar nuestras huellas es hacer que la otra persona se sienta superior y más fuerte. Si aparentamos ser demasiado débiles y vulnerables, estar embelesados por la otra persona y ser incapaces de controlarnos, nuestras acciones resultarán más naturales, menos calculadas. Pero, aparte de eso, necesitaba alquilar un coche para moverme por la ciudad así que, al día siguiente, por la mañana, Tony me llevó a Motorcars of Las Vegas:
-¿Harto de súper deportivos sobrios en su garaje, señor?- nos decía un vendedor. Al parecer, mi nuevo amigo Tony era un viejo conocido allí, así que me congratulé de mi buena estrella. La Fortuna me persigue. El vendedor nos indicó un coche impresionante y prosiguió:
-Pues ésta es su oportunidad de hacerse con un coche certificado por el propio Guinnes como el más rápido del mundo. El SSC Ultimate Aero alcanza una velocidad punta de 255,83 kilómetros por hora; mejor que el Bugatti Veyron y Koenigsegg CCX. Los dos turbodiésel V8 montados en mitad del vehículo proporcionan un total de 1.183 CV de potencia. Entre otras características se incluyen un chasis de fibra de carbono, sistema de navegación y un sistema de elevación frontal para evitar los badenes. Si este en particular no es el que más le gusta, siempre puede encargar una unidad con sus propias especificaciones.
El vendedor se detuvo a respirar, mientras yo empezaba a pensar que en Las Vegas toda la gente parecía hablar demasiado. Las resacas no iban a ser fáciles de superar. Tony dio una palmada suave al capó del coche, como si fuera el culo de una mujer, y miró al vendedor: -Claro, pero me gustaría probarlo primero. -Por supuesto, señor. Pasen conmigo a la oficina, si son tan amables- nos dijo mientras nos guiaba a un despacho y nos invitaba a sentarnos. En mitad de aquella conversación con Tony y el vendedor, me pusieron un poco más al día acerca de la ciudad. El vendedor era buen conocedor de su historia, como bien supe apreciar.
-Las Vegas fue fundada en 1906- dijo-, pero no fue hasta 1946, cuando el conocido gánster Bugsy Siegal construyó el casino original llamado Flamingo, en que comenzó a perfilarse en la ciudad que es hoy en día. Las Vegas Boulevard, comúnmente conocido como ''el strip'', se extiende desde la orilla sur hasta el centro de la ciudad. Simplemente conducir un automóvil a lo largo del "strip", pasando todos estos espectaculares casinos, es ya una experiencia fantástica. Al anochecer, "el strip" toma vida con miles de luces de neón y millones de luces danzantes. En definitiva, respecto a Las Vegas probablemente uno se preguntaría si se trata de una ciudad real o de un fabuloso parque de diversiones de otro planeta. Y así fue, hasta llegar a la fiesta privada del Yate de Tony en la "playa" del Hotel The Rio All Suite, donde conocí a fondo mi primera conquista en las Vegas, en una fiesta repleta de gente. Pamela, la chica que no me quitaba ojo en el Lax. Pero antes, os voy a contar cómo intimé con Pamela. Era la prima de la mujer de Tony. Toda una dama de rasgos felinos y de una belleza sensual altamente magnética, capaz de deslumbrar a cualquiera con su manera de caminar, su clase, y su gama de sutilezas diseñadas finamente para atraer a cualquier hombre o mujer. Pamela pasó toda la noche estudiándome, observándome en el Lax, pero no abrió la boca prácticamente en toda la noche. Cuando regresamos al Yate, vi que se iba aparte, sola, y se apoyaba sobre la pared. Se encendió un cigarrillo, contemplando todo lo que la rodeaba, momento en el que yo me acerqué con dos copas y le dije:
-Hola. Bonitos zapatos. Ella me dirigió una media sonrisa: -Gracias. Con el coche que llevas, seguramente podrás comprarte unos iguales, si tanto te gustan. La miré por encima de las gafas de sol y sonreí levemente. En ese momento, se me acercó una chica con la que había estado hablando un rato antes.
-Ey, ¡guapo! ¿Te apetece bailar?
-Por supuesto que sí. Le di una de las copas a la chica y antes de irme a bailar con ella, miré a Pamela con una sonrisa. Todo un baile bien pegadito, mientras Pamela ardía por dentro, sin apartar de mí su intensa mirada. Justo al terminar de bailar con aquella chica, Pamela me miraba con una sonrisa y me hizo un gesto con la cabeza que decía:
"Sígueme".
Me adentré en los camarotes del Yate siguiendo a la deliciosa Pamela hasta que llegamos a una habitación con una cama a prueba de balas. Pamela se giró y me cogió de la cintura pegándome fuertemente hacia ella, con una mirada arrebatadora. Ni una palabra interrumpió aquel momento. Comencé a besarla mientras me quitaba la chaqueta a toda velocidad. Pamela me arrancó la camisa, a la vez que mis manos le subían la falda del vestido para empujar sus nalgas hacia mí. Entonces, con un movimiento brusco, la puse con las manos sobre una mesita que había en la habitación y retiré de una patada la silla que la acompañaba. Allí la tenía, de espaldas con su vestido blanco. Me puse de rodillas y le levanté el vestido un poco más, mientras apartaba la tira de su tanguita hacia un lado y comenzaba a lamerle toda su vulva de punta a punta, jugando con su clítoris, saboreándolo, estirándolo con mis labios y haciéndolo humedecerse por segundos. La oía gemir como una gata en celo, haciéndola disfrutar como se merecía, mientras sentía que me estaba volviendo loco de deseo. Le hice girarse y la senté en la mesa, para jugar con nuestras lenguas, mientras le rozaba con la punta de mi barra de acero su clítoris y sus labios inferiores antes de fundirse en su interior. La embestí mientras ella me arañaba la espalda como una tigresa marcando a su macho. Comencé a darle placer y a sentir cómo la hacía flotar. La levanté en peso y la puse de espaldas contra la pared, sus piernas como serpientes de fuego que se enredaban en las mías, que la sujetaban.
Todo un cúmulo de espasmos y vibraciones acompañaban aquella fiesta privada. Cada embestida le arrancaba gemidos de salvaje placer. Me la llevé a la cama aún dentro de ella, sujeta por las caderas, y la puse de rodillas sobre ella, mientras terminaba llenándola con el magma que manaba de mi fuego. Acabamos extasiados en la cama, mirando hacia el techo:
-Follas muy bien- me dijo, acariciándome el pecho con sus uñas.
-Y tú tienes muy buen gusto... a la hora de elegir los zapatos. Entre risas, comenzamos a besarnos nuevamente.
Después de la mini fiesta privada con Pamela, busqué una camisa nueva en el armario de Tony y vi que todas eran camisas hawaianas. El precio del poder...
-Mmm, te queda muy bien- rió Pamela, aún tumbada en la cama y mirándome con cara de repetir la jugada, mientras se mordía el labio.
-Sí, con tus zapatos y la chaqueta me quedaría de lujo. Así nos vestimos, entre miradas furtivas y deseosas de repetir la jugada, pero llegamos a puerto y, después de pasar casi toda la noche en el camarote, ya tocaba salir para ir a comer algo, entre otras cosas. Primero salió ella y, minutos después, salí yo. Cuando volví a la fiesta, casi todo el mundo se había ido y Tony me miraba con una sonrisa:
-Te queda bien la camisa. Reí mientras me miraba el mantel hawaiano, con aquel estampado de palmeras sobre un fondo amarillo, que me había cogido prestada a mi nuevo amigo.
-Sí, un poco apagada para mi estilo. Espero que no te haya molestado, pero se me cayó una copa accidentalmente y tuve que coger una de tu armario.
-Claro, claro... Quédatela como recuerdo de la fiesta- dijo mientras me guiñaba un ojo y miraba de reojo a su mujer. Así que se fueron juntos a comer y yo me despedí agradeciéndoles su hospitalidad y quedando en volver a vernos por el hotel, ya que tenía negocios que atender y debía irme. Subí en el coche y salí rumbo al hotel para cambiarme de camisa que, a pesar de que no destacaría demasiado con el ambiente de las Vegas, no era totalmente mi estilo.
Al llegar al hotel me di una ducha, me puse algo más acorde con mi personalidad y decidí dar una vuelta con el coche por la ciudad. Entonces, cuando iba a salir por la puerta del hotel, me encontré con la camarera del Lax, que acababa de terminar su turno y estaba despidiéndose de sus compañeras de trabajo. Vaya, vaya, a veces una apuesta da un giro insospechado.
Y allí estaba ella, la camarera del Lax, dirigiéndose hacia la salida del Hotel, supuestamente para irse a casa después de una dura jornada de trabajo. No se lo iba a poner fácil. Había ido allí por la promesa del "todo es posible" y "lo que hagas en Las Vegas, se queda en Las Vegas", así que no estaba dispuesto a dejar escapar una oportunidad de ganarme un tanto como el de la camarera: todo un tópico de la ciudad. La miré con una sonrisa apoyado en la pared, mientras ella me correspondía con otra sonrisa.
-Hola. Nos encontramos otra vez. Ella no pareció tener la misma prisa por irse que antes, así que aproveché y, antes de que abriera la boca, continué:
-Bueno, ya que me dijiste que la camarera no venía con la consumición ¿Puedo ir yo con la camarera? ¿Te apetece cenar algo rápido? Con ojos que me decían que el postre nos costaría mucho más tiempo que la cena, me respondió:
-¿Por qué no? Y, así, fuimos a una terraza a tomar algo antes de comprobar si sus ojos decían la verdad.
-¿Sabes?- me dijo durante la cena -Tu manera de ser... Tus silencios...Dicen más de lo que sueles hablar. Eres muy misterioso, ¿lo sabías?
-Te diré algo. Soy alguien de quien una mujer no debería enamorarse jamás. Agua que no es de beber, que se la beba otro. Créeme.
-Muy cierto, sí, pero ¿quién está hablando de amor? Así que terminamos de cenar y la llevé a dar una vuelta con el coche a un lugar demasiado íntimo para ser contado. Al día siguiente, después de dejar a la camarera en su casa y despedirme como es debido, subí al coche y, cuando arrancaba, sonó el teléfono.
-¿Dígame?
-Hola. Soy Pamela. Me gustaría hablar contigo. ¿Podemos quedar?
-Claro, ¿dónde estás?
-En el Hotel. Tengo que proponerte algo que puede interesarte.
-En una hora estoy ahí.
Pamela ya había probado la mercancía y seguramente quería volver a tomar una dosis más de aquella dulce droga. Y allí estaba, en el bar de la recepción del Hotel, vestida para algo más que hablar:
-Hola, Isaac, impuntual como un reloj de bazar. Subiremos a mi habitación pero, antes, vamos a sentarnos a tomar una copa- hizo una pausa y me miró, antes de acercar su boca a mi oído y susurrar- En mi habitación no hablaremos.
-Mmm... Soy hombre de pocas palabras. Nos sentamos en una mesita apartada, entre mesas vacías, a excepción de la pareja que estaba sentada al lado. Nunca un tópico fue tan evidente. Millonario de avanzada edad con una mujer espectacular a la que duplicaba o, como en este caso, triplicaba la edad. Estaban sentados: él tomando un whisky; ella agitaba un martini mientras le hablaba, con un tono de voz agudo e infantil que acompañaba un gesto de niña consentida tras el maquillaje.
-Oh, Hugh, cariñito, dime que me lo comprarás. El viejo le dio un par de palmaditas en el muslo y le metió la mano por debajo de la falda: -Es otro diamante, nena. Tienes muchos ya, pero, si quieres otro, sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad?- babeó mientras deslizaba la mano más profundamente. Ella se apretó hacia él y, con un brillo envenenado en los ojos y una sonrisa que paladeaba el fulgor del escaparate de Cartier, le dijo:
-Por un diamante, lo que sea.
"Nada falta en los funerales de los ricos, salvo alguien que sienta su muerte", pensé, mientras miraba a mi alrededor y veía en todo su esplendor la paradoja de una ciudad, en la que todo era posible y se quedaba entre sus límites pero sometía a todo el que la pisara a un mundo carente de emoción, de sentimiento. El pobre diablo había caído en el mismo error que muchos otros: olvidar que todos buscamos las chicas de Las Vegas, pero jamás las sacaríamos de allí. Y él no sólo se la había llevado, sino que, al parecer, se había quedado atrapado en la telaraña de frivolidad de la ciudad, con una mujer enamorada de su testamento, esa forma de hacer que nuestros parientes directos deseen nuestra muerte lo antes posible. Mientras tanto, Pamela me proponía algo realmente interesante:
-Te contaré a qué me dedico. Trabajo para un hombre, cuyo nombre no viene a cuento. Digamos que me encargo de llevarle las cuentas. Dos contables van a sacar 9 millones de un banco que conozco para una operación inmobiliaria y no llevarán protección. Entonces sacó algo de su cartera y lo extendió para que lo cogiera:
-Toma; los detalles están aquí, en este sobre. Quiero un treinta por ciento de comisión, y no quiero que me salpiquen, así que un par de ojos morados, como mínimo, no estarían mal.
-Claro, sin problemas ¿Algo más? Me miró, zalamera.
-Bueno, ya que estas aquí sin la camisa hawaiana... Creo que hemos hablado bastante, ¿no? Una vez en la habitación, Pamela se quitó el vestido y entró en el cuarto de baño a retocarse los labios. Y no hubo palabras.
Después de fijar las condiciones del contrato con Pamela, salí de su habitación con la información bien clara. Necesitaba una moto para callejear y moverme mucho más rápido por la ciudad. Así que me di una vuelta a ver que podía encontrar en una ciudad como Las Vegas. Ya tenía la moto, la ropa y una buena mochila como para ir de camping. Disponía del itinerario a seguir por los dos contables, cuyas cuentas no iban a cuadrar demasiado bien. Me acerqué a un cruce cerca del banco por el que, siempre según las instrucciones que me había proporcionado Pamela, debían pasar en coche los dos contables. Tendrían que volver a cruzarlo para entregar el dinero a un mafioso ruso; alguien jodidamente peligroso y con una facilidad tremenda para borrarme del mapa si pensaba seguir con mi excursión por Las Vegas demasiado tiempo, así que esta vez debería desaparecer de Las Vegas por una buena temporada. Aún así, era un amante empedernido del riesgo, de manera que decidí recoger mis cosas del Hotel en el que me encontraba -El Luxor- para hospedarme en otro diferente, ya que no quería concluir tan pronto con mi agradable visita por la ciudad.
The Venetian Resort Hotel & Casino fue el elegido, por lo que, en poco tiempo, ya había dejado mis escasas pertenencias en mi nueva habitación. Ya tenía la cobertura preparada; tan sólo me faltaba dar un paseo para adquirir una pistola en la calle de segunda mano. El riesgo de este tipo de armas reside en que si la pistola está enmarronada, con una muerte encima, podría pasar una buena temporadita entre rejas si me pillaran con ella encima, sin contar con que me pillaran con el dinero robado ya que, entonces, el ajuste de cuentas con el dinero del mafioso que hubiese detrás, sería demasiado fácil de llevar a cabo en la cárcel, pagando a alguien para que me borrase definitivamente del mapa. Pero, como ya pensé anteriormente, sin riesgo... Una vez con el arma encima, cronometré mi reloj mientras pensaba en dos opciones: una sería robar el coche a ese par de pardillos, aparcar la moto por los alrededores y desaparecer o fingir un accidente delante de ellos, esperando que bajaran a ayudarme y, en ese instante, robar los dos maletines y desaparecer dirección al nuevo hotel para eliminar las pruebas. Y, ya puestos, probar uno de sus spa pero, claro, ¿se detendrían dos chupatintas a socorrer a un motorista llevando encima tanto dinero? ¿O se limitarían a llamar por teléfono a las autoridades competentes? ¿O a una ambulancia? ¿O a ambas? Por no decir que pasarían de largo. Era un riesgo que no me podía permitir. Así fue cómo decidí aparcar la moto a dos manzanas del banco. Dejé que aquellos hombres saliesen con los dos maletines por la parte de atrás del mismo, que daba a un aparcamiento perfecto, para dar el golpe perfecto. Dos hombres se acercan con sendos maletines a su coche y, uno de ellos, lo abre con el mando:
Motorista: "¡Presta atención!".
Primer contable: "¿Perdón?".
Segundo contable: "Tío, no pierdas el tiempo. Subamos al coche. Tenemos que irnos".
Motorista: (Voz imponente pero tranquila y apuntándolos con el arma a la altura de la parte innombrable) "Abrid los maletines, meted la pasta en esta mochila, cerrad las puertas y largáos... Venga chicos, sed obedientes. Meted la mochila en el coche y, por supuesto, marchaos con una sonrisa".
Primer contable: "Pero, ¿esto es un robo?". Mientras depositaban los maletines en el interior del vehículo.
Motorista: "Sí, es un robo. Chico listo. ¡¡Venga, largáos, coño!! Pero... Un momento, tú serás el número uno y tú, el número dos. Así que, numero uno, dale un guantazo a número dos. Bien pero ahora, con la derecha, como es debido. Nooooo, noooo, no,no... Como dios manda, número dos, dáselo tú, pero con el dorso de la mano derecha. Oooh, joder... así no. Número uno, dale un buen puñetazo en el ojo a número dos. Devuélveselo por cortesía, número dos... Bien. Si perfeccionáis un buen puñetazo como ese, los clientes no os ocultarán nada, lo dirán todo, os aseguro que largarán por un tubo, los transporta a su infancia, ¿lo ves, número dos? Arcilla en tus manos. Por cierto, ¿cómo cojones se da marcha atrás en este jodido coche?".
Número dos: (Desde el suelo) "Tienes que levantar el tirador de la palanca de cambios".
Motorista: "Ah, ya está... ¡¡Largo, coño!!".
El golpe perfecto había sido algo fácil, pero la celebración sería grandiosa.
Decidí darme una vuelta por un sex shop para comprar un par de juguetitos para la noche que me esperaba así que, una vez con todo lo necesario para el ritual de celebración en mi poder, llamé a Pamela, citándola en la habitación del nuevo Hotel donde me hospedaba, para darle su codiciada parte del botín, y, una vez terminada la conversación, llamé a la camarera del Lax, citándola en el mismo sitio. Antes me saqué mi parte del botín de aquella habitación, por lo que pudiera pasar. Confiado en que el arma aún seguía en mi poder, me dirigí al encuentro a preparar la escena donde tendría el encuentro a dos bandas. Así fue la escena. Cuando Pamela vio su parte del botín, enloqueció y se abalanzó sobre mí, tirándome a la cama, desabrochándome el cinturón. La cogí de las muñecas fuertemente y le dije:
-Tranquila. No hay que ser maleducados. Esperamos a alguien más.
-¿Cómo? ¿De qué estás hablando?
-Una amiga a la que te quiero presentar está de camino. Cuando llamaron a la puerta de la habitación, allí estaba la camarera. Descripción a cámara rápida: Presentaciones, alcohol, risas, caricias, juegos, besos, lenguas que se cruzan, esposas en la cama, ojos vendados, saliva y fluidos, orgasmos y eyaculaciones. Acción y reacción.
Me desperté cuando las chicas aún dormían, siendo consciente de que debía desaparecer de la escena del crimen lo más rápido posible. No sería nada inteligente crear el efecto contrario. Ya había planeado dejarles una nota de agradecimiento a las chicas en la habitación, con la dirección de una caja fuerte con una grata remuneración extra para la camarera del Lax y para Pamela, lo suficientemente abundante como para que pudieran desaparecer de Las Vegas y comenzar de nuevo donde ellas quisieran, o tal vez, decidí no ser tan generoso... Desaparecí de Las Vegas, la ciudad del pecado, en un vuelo privado.
Con un cuerpo forjado por los dioses, una mente camaleónica y los bolsillos a rebosar. ¿Qué más le podía pedir a la vida?
-¿Dónde vamos, señor?

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